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30.5.11

Peio H. Riaño, peridista del diario Público, le ha dado salida a este artículo en el día de hoy. Hace referencia a Montero Collado, uno de los fotógrafos que se podrán ver en estas próximas semanas en  la nueva edición del fetival PhotoEspaña

La broma infinita de una leyenda hecha a sí misma


Fue seminarista católico, pionero del protestantismo, misionero metodista, cantante de ópera, periodista y divulgador del espiritismo. Todos ellos fue Frank Montero Collado, que se fotografió entre 1855 y 1925, y dejó 23 autorretratos que la posteridad recogió a saldo de un cajón abandonado en un mercadillo, arrinconado entre las miles de fotos de historias olvidadas. Montero Collado se disfrazó de todo eso, uso mil formas para una misma cara y no dejó escrito más que unas breves leyendas caligrafiadas sobre sus fotografías, que revelan algunos pasajes y datos sobre lo que aparentemente fue su vida.

"Es un enigma absoluto. Son 23 fotos de estudio que representan toda su vida escenificada, en la que Frank Montero aparece actuando. No sabemos absolutamente nada de él", reconoce a este periódico Gerardo Mosquera, nuevo comisario durante los próximos tres años del festival internacional PHotoEspaña, que ha elegido el retrato como centro de todas las miradas del encuentro, que se prolonga desde hoy hasta el próximo 24 de julio en Madrid, Lisboa, Cuenca y Alcalá de Henares. 

"Quería indagar sobre los aspectos comunicativos del retrato. Es uno de los grandes géneros pictóricos y fotográficos, pero los artistas contemporáneos lo utilizan más como medio que como género. Es una herramienta para construir discursos artísticos e indagar en otras cuestiones", explica en clara referencia a los reconocidos Thomas Ruff o Cindy Sherman, los otros dos fotógrafos que acompañan a Montero Collado en la exposición 1.000 caras / 0 caras / 1 rostro (Fundación Telefónica y sala Alcalá 31).

Sherman es la mujer de las mil caras, la gran apropiadora de rostros y figuras ajenas; Ruff, por el contrario, quiere desintegrar al sujeto retratado, alienarlo, igualarlo de forma repetitiva: "La ausencia de expresión en los rostros, el encuadre fijo, la iluminación plana, el vestuario y el fondo neutros", según Mosquera. 

La marca del tiempo

El comisario ha elegido el contraste de dos fotógrafos de prestigio frente a un anónimo, del que se enseñan en primicia mundial sus escuetos fondos, para reflexionar sobre los caminos de la identidad, la representación y la comunicación del arte y la sociedad contemporánea: "En Sherman tenemos una cara que produce a todas, en Ruff son todas las caras multiplicadas por cero y en Montero vemos el propio rostro representándose a sí mismo en los innumerables rostros de los cambios del tiempo y de la vida", apunta Mosquera.

La investigadora Diana Cuellar Ledesma ha seguido la pista a Frank Montero Collado, consultando archivos y hemerotecas en Puebla y Ciudad de México, para descubrir que la huella que dejó el personaje en su época fue ínfima. Un fantasma transparente, otro más. "Seguramente fueron tarjetas de visita", explica para aclarar que las 23 imágenes forman parte de un álbum bastante peculiar, ya que la mayoría son fotos de sus fotos; es decir, fotografías de principios del siglo XX tomadas a su vez de otras fotos antiguas. 

Montero Collado, que hizo las fotos sin intención artística consciente fueron compradas por el coleccionista Ramón López Quiroga vio en la fotografía un medio para escenificarse a sí mismo en las distintas etapas de su vida, desde los 4 años hasta la vejez. ¿Pero quién fue este personaje? ¿Vivió todo lo que representa? ¿Son ilusiones de otras vidas o realidad para el recuerdo? Parece incluso que Montero Collado fuera una gran broma al estilo del historiador, crítico y fotógrafo Joan Fontcuberta, en la que se ha tomado una parte por el todo, es decir, la cara por la persona, para construir una identidad. Un Frankenstein a base de fotos de estudio.

Vida rocambolesca

 

Diana Cuellar observa que por la caligrafía y la tinta sabemos que la información a pie de foto fue escrita toda de una vez y a posteriori. Así, la mayoría de las fechas referidas no son exactas, sino que "se anotaron a base de recuerdos", como explica la especialista. De esta manera, parece que perteneció a una familia adinerada del siglo XIX, que estuvo internado en un colegio francés, que estudió para seminarista, como profesor de filosofía y español, que fue periodista, cantante de ópera y capitán de una guardia nacional de estudiantes.

Es con la llegada del nuevo siglo cuando la biografía apuntada sobre sus propios retratos se vuelve aún más rocambolesca: mientras funda y edita un diario estudiantil, se incorpora al movimiento espiritista mexicano. Dice de sí mismo que dirigió El siglo espiritista y que fue presidente de la Sociedad Espiritista Mexicana. Para rematar en sus últimas fotos, en la etapa final de su vida, en el convento de Churubuscos de Ciudad de México. "Los retratos desembocan en puntos álgidos de fantasía y artificio: a modo de busto, ataviado con kimono y sombrilla, o disfrazado para la ópera", explica Cuellar, mientras Montero sigue riéndose bajo esos disfraces.

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